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  • El an lisis de Close

    2019-05-15

    El análisis de Close merece una continuación. En efecto, la narrativa mexicana actual cuenta con otros autores de novelas de crímenes que se mantienen alejados de los tópicos necro-pornográficos misóginos y del gusto sensacionalista y moralista. En lo que sigue abogaremos por la inclusión de Alejandro Páez Varela en la lista iniciada por Close al profundizar en , la primera novela de su , analizando la focalización de los personajes, las relaciones causales entre los acontecimientos y el estilo paratáctico con que se describen los destinos individuales. El reportero y editor Alejandro Páez Varela (1968) () se hizo conocer como escritor literario cuando publicó , su primera novela, que mereció reseñas elogiosas de narradores como Eduardo Antonio Parra y Guillermo Fadanelli. Con las novelas posteriores (2012) y (2013), integra un tríptico cuyo escenario principal es el norte de México YZ9 finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo . Por lo tanto, tratan de una época anterior a la guerra contra el narcotráfico declarada por Felipe Calderón en diciembre de 2006, lo cual no impide que se vislumbre en ellas un fondo de violencia, drogas y feminicidio al mismo tiempo que existe un espacio para el amor y la solidaridad. Las tres novelas también tienen la misma estructura: son breves y se dividen en tres partes cuyos títulos son nombres de personajes. Esto es significativo de las novelas cuyo eje lo constituye el modelo biográfico, los textos siendo especies de colecciones de vidas de albañiles, sicarios, prostitutas, pastores evangélicos, esposas, policías, vendedoras, niños, indígenas tarahumaras, capos y padres y madres de familia que por su profesión o por casualidad se ven involucrados directa o indirectamente en actos violentos. Cada una de estas partes articuladas en torno a un personaje está subdividida en siete apartados titulados por un sintagma que resume la acción. Por lo tanto, las tres novelas constan de un mosaico de veintiuna breves partes, siendo la fragmentariedad uno de sus rasgos principales. Pero el arte de Páez Varela consiste sobre todo en la combinatoria, ya que las trayectorias humanas que se presentan en los fragmentos se conectan tan sutilmente que solo un lector avezado logra seguir los hilos de los destinos cruzados. Es más, aunque cada novela forma una entidad autónoma, algunos personajes migran entre las novelas, con lo cual su vida llega a esbozarse en una y a aclararse en otra. Focalización Pese a la originalidad de su oxímoron y la sonoridad de la aliteración, el título Corazón de Kaláshnikov parece anunciar un tratamiento estereotipado por asociar dos temas usuales de la novela negra en la que, para decirlo con otra expresión de Glen Close, a menudo “coquetean Eros y Tánatos” (89). El subtítulo, El amor en los tiempos del narco duplica esta asociación y refuerza la expectativa de una novela que procura ganar su público en base a fórmulas cuyo éxito parece asegurado de antemano: imitación de García Márquez y mezcla de violencia y amor sobre un fondo de narcotráfico son recetas que, aunque recientes, ya han demostrado su rentabilidad.
    En comparación con el primero, el segundo íncipit —para decirlo con una contradictio in terminis— rechaza dos recursos de los cuales el narrador se mantendrá alejado en el resto de la novela. El primero es la animación de la bala a la que el párrafo inicial atribuye una acción motivada por una voluntad propia —“se detuvo… para que…” (13)— y que evoca otra fórmula garcíamarqueana, que aparece en Crónica de una muerte anunciada. Al contrario, en Corazón de Kaláshnikov, la bala sigue inanimada el curso que le dio el asesino. Desde el principio el autor parece decir que la realidad que va a retratar no incluye milagros y que, por consiguiente, las fórmulas del realismo mágico no se adecúan a su propósito. La segunda diferencia entre ambos inicios implica un rechazo de otro tópico literario: la visión romántica y hasta cierto punto redentora de una muerte que ofrece la posibilidad de recapitular la vida es desplazada por un diagnóstico más realista según el cual la muerte llega tan repentina e imprevisible que no permite recapitular nada.