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    2019-06-12

    La novela finaliza con su salida de Tampico. Govett Bradier “sentíase perdido entre las constelaciones estelares […]. La campana del barco sonó nuevamente, con una sola nota que fue extinguiéndose, ascendió otra vez y agonizó de nuevo dna ligase lo largo de la cubierta. Así terminaría el último acto: en una inmensidad de silencio” (318).
    Miradas de la metrópoli Con frecuencia Bradier menciona el sempiterno calor de la región: “la quinina era imprescindible para todo el mundo en la costa mexicana, en la tierra caliente” (8, en cursiva en el texto). Se asocia así la tierra caliente con la enfermedad palúdica transmitida por “un pequeño mosquito”, que se manifiesta con la hipertermia, “fiebre subterciana tropical”, o “malaria tropical” (98, 102, 268). Y se equipara esta destemplanza física con otra, la que había regido la vida del norteamericano, la “febre del petróleo” (17). En la tercera sección de la novela, titulada “La calentura”, el protagonista vuelve a ser intensamente poseído por ambos síntomas febriles, de los que creía haberse recuperado. Otro asalariado estadounidense, Lentz, culpa al entorno de las extravagancias del funcionario de la Alianza: “usted está loco […]; eso es el paludismo, señor Bradier, combinado con la influencia de México”. “Es una tierra poblada de amenazas misteriosas” (262, 261). “La atmósfera de Tampico estaba cargada de influjos corruptores”, piensa Govett Bradier. La enfermedad simboliza la corrupción afectiva y moral de la región: Sin embargo, el norteamericano es lo suficientemente lúcido para comprender, o al menos intuir, que la problemática de la región obedece al lugar que ocupa en la economía mundial: “Tampico era un campo de batalla privado, en el que se desarrollaban ataques planeados en Londres, Holanda y Nueva York, para cuya ejecución subrepticia se utilizaba la ley, el soborno y la violencia” (17). Los empleados del campamento petrolero El norteamericano afirma conocer bien “a estas desnudas mujeres, productos del cruce de España y México”, cuya “turbia y entremezclada sangre les imprimía cierta tosquedad una vez pasados los primeros bríos de la juventud”. Pese a protozoa ello, conservaban en todos sus actos y ademanes “una delicadeza innata” (27). Los mexicanos que sí actúan en la trama son principalmente los hombres del general Melchor Rayón, clasificado por los estadounidenses como maleante, pese a que hacía gala de un discurso nacionalista. El general arenga a los administradores de un campamento de la Alianza: “[¿]es que quieren ustedes apoderarse de nuestro petróleo y nuestra tierra con solo dar dinero y promesas al gobierno de Obregón? ¿Creen ustedes que ya no quedan verdaderos patriotas en México?”. Pero sus intimidaciones resultan ser, en última instancia, un mero recurso para negociar más beneficios. En otro momento, afirma “—Todas las compañías petrolíferas […] están infringiendo la Constitución de 1917, y yo no estoy de acuerdo con la actitud de Obregón…”. Ante su bravata, Bradier reacciona ofreciéndole más dinero: “yo puedo asegurarle a usted que la Compañía tendría mucho gusto en contribuir con cien mil pesos a las necesidades patrióticas” (139, 193). Tampoco encaja entre los demás representantes de las empresas en Tampico, aquellos que viven en las exclusivas colonias inglesa y norteamericana, y se reúnen en similares “cocktails”, fiestas, tés y campos de golf (22, 23). No embona porque más que con la vida social, está familiarizado con los brutales procedimientos de la compañía en México. No en balde cuenta entre sus hazañas el haber contenido una vez la afluencia de un pozo petrolero con cadáveres, durante el carrancismo (127). Y ya en el presente, amenaza a un obrero con arrojarlo a un depósito de petróleo hirviendo para que confiese acerca de un sospechoso accidente. Luego, reflexiona, siempre a través del narrador: “el indio era un ente sin importancia ante las necesidades de Govett Bradier […]; ¿qué pesaba en la balanza un mexicano muerto o incluso mutilado?” (119).